

octubre 13, 2026
Estamos atravesando un período especialmente intenso. Y he notado que muchas personas están siendo sorprendidas por la fuerza de lo que están sintiendo: una mezcla de miedo, aprensión, rabia, desesperación que no esperaban encontrar con esa intensidad dentro de sí.
La polarización se ha agudizado. Los ánimos están exaltados. Y existe algo en este clima que merece atención: un miedo colectivo instalándose, un odio que circula rápidamente y que encuentra acogida fácil, porque cuando estamos asustados, la rabia parece ofrecer una sensación de fuerza y de dirección.
Pero cualquier acción que parte de ese lugar, cualquier palabra, cualquier elección, cualquier posicionamiento que nace del miedo y del odio es una acción comprometida. No porque la causa sea errónea, sino porque la frecuencia de donde parte contamina todo lo que toca. Y a largo plazo, el odio nunca construye lo que promete construir.
Participar de la vida política de nuestro país es importante. Tener los ojos abiertos hacia lo que está sucediendo, no fingir que todo está bien cuando no lo está, posicionarse, conversar, defender aquello en lo que creemos, comprometerse activamente cuando ese es nuestro llamado. Nada de eso está en duda.
Lo que vale la pena observar es de dónde está naciendo esa participación. Cuando hablamos, cuando actuamos, cuando nos posicionamos, ¿quién en nosotros está al mando? ¿Es la conciencia, el discernimiento genuino? ¿O es el miedo, la rabia, la necesidad de vencer al otro?
Existe un fenómeno muy presente en este momento que es el placer de odiar en conjunto. Cuando encontramos un enemigo común, experimentamos una sensación de pertenencia. El odio compartido funciona como un aglutinante social. Y es muy fácil creer que estamos defendiendo una causa justa mientras estamos, en realidad, tomados por una frecuencia que no nos pertenece. Esta es una trampa sutil, y vale la pena estar muy atento a ella.
La confianza no es ingenuidad. No significa cerrar los ojos a la realidad o cultivar una alegría artificial que ignora lo que está sucediendo. Significa mirar la realidad tal como es, reconocer los desafíos con claridad, y aun así no entregar la conciencia al miedo.
Porque cuando el miedo pasa a determinar la frecuencia en la que vivimos, cuando la desesperación comienza a colorear cada interpretación de la realidad, cuando el odio comienza a parecer una respuesta legítima, perdemos algo muy valioso. La presencia. La conexión con aquello que es más elevado en nosotros. Y a partir de ese lugar, incluso las mejores intenciones producen resultados que perpetúan el ciclo que queremos quebrar.
La invitación, ahora, es: atravesar este período con los pies en la tierra y la conciencia elevada. Con firmeza en el propósito, sin ser arrastrados por la densidad. Con coraje para posicionarnos, pero también con respeto por quien piensa diferente. Sosteniendo dentro de nosotros, y dentro de nuestros hogares, una frecuencia de amor y discernimiento en medio del caos.
Ningún resultado electoral puede hacer eso por nosotros. Y ningún resultado electoral puede quitarnos eso, si elegimos protegerlo.
Existe una bandera que merece ser izada todos los días, independientemente de lo que suceda allá afuera. La bandera del amor. Y esa, sólo cada uno de nosotros la puede izar.
Namasté
Sri Prem Baba