Defender la paz con odio aún es guerra 

septiembre 18, 2026

En las últimas elecciones brasileñas, familias se dividieron. Amistades de décadas terminaron. Personas que se amaban dejaron de hablarse por causa de una elección en las urnas. Y quien estaba de los dos lados tenía absoluta certeza de que estaba del lado correcto. Ese es el síntoma más revelador de la polarización: la convicción de que el problema está siempre en el otro. 

Vivimos un momento crítico, no sólo en Brasil, sino en todo el planeta. Un momento de extrema polarización, amplificado por las redes sociales, por el cambio climático, por la velocidad con la que la información circula y desinforma. Especialistas de diferentes áreas señalan que el período de ahora hasta 2030 puede ser uno de los más transformadores de la historia humana, redefiniendo nuestra relación con el trabajo, con el dinero, con la forma de organizarnos en sociedad. 

Ante esto, el ego colectivo experimenta una sensación creciente de urgencia, como si este fuese el momento definitivo, la hora en que cada uno necesita elegir un lado y hacer algo. Pero si miramos con más amplitud, veremos que la humanidad siempre creyó que su época era la más decisiva de la historia. Nuestra historia es un largo movimiento de ideologías, imperios que nacen y caen, revoluciones que prometen todo y entregan versiones diferentes de los mismos patrones. La conciencia, ante esto, se mueve en otra dirección y pregunta: ¿quién es ese en ti que quiere elegir?

El problema nunca fue la política 

Esta pregunta merece ser tomada en serio, porque una persona inconsciente puede defender la paz violentamente, puede luchar por la justicia llena de odio, puede hablar de amor mientras destruye a quien piensa diferente, puede defender la democracia de forma autoritaria. El problema nunca fue la política, sino la inconsciencia. 

Gandhi y Martin Luther King participaron profundamente de la vida pública y fueron figuras políticas de enorme impacto. Pero lo que los hacía diferentes no era la causa que defendían. Era la conciencia a partir de la cual actuaban. La acción era una consecuencia de esa conciencia, y es por eso que atravesaron siglos. 

El yogui moderno no hace de la política una nueva religión, ni de la espiritualidad una fuga del mundo. Él aprende a participar sin perderse, a actuar sin reaccionar, a posicionarse sin necesitar convencer al otro de que está equivocado. Porque cuando un activismo destruye la paz interior, cuando la causa pasa a justificar el odio, cuando el adversario deja de ser un ser humano y se vuelve un símbolo de lo que necesita ser destruido, ya no es la conciencia la que está liderando. Es el niño herido. Y un niño herido que lidera no transforma, repite el ciclo de sufrimiento, con otra vestidura, el mismo ciclo de violencia que pretendía combatir.

¿Quién en ti está reaccionando? 

Observa lo que ocurre dentro de ti cuando surge el tema político. ¿Quién en ti se indigna, necesita elegir un lado, responder, probar que tiene razón? Si logras identificar esa parte con honestidad y sin juzgarte por ella, algo importante ya comenzó a moverse. 

La conciencia produce una cualidad diferente a la reacción automática. Actúas intensamente, pero no reaccionas. Participas, pero no te identificas con el personaje que participa. Puedes perder una elección sin perder la serenidad, puedes ver a tu país atravesar una crisis sin perder la presencia, puedes defender aquello que tu inteligencia considera justo sin entregar tu conciencia a una bandera. Ninguna ideología es mayor que la verdad. Ningún partido es mayor que el amor. Ninguna causa merece que pierdas la capacidad de ver al ser humano que está frente a ti.

Las invitaciones a la guerra están siendo distribuidas a cada instante, en las redes, en las mesas de la cena, en los grupos de familia. No necesitas aceptar ninguna. No porque seas indiferente a lo que ocurre en el mundo, sino porque has elegido establecerte en la paz como punto de partida, no como un destino distante. Una sola persona despierta es capaz de cambiar el clima de una sala, de una familia, de una comunidad, mucho más que mil personas movidas por el odio. 

El mundo necesita personas que luchen sin odiar, que discrepen sin deshumanizar, que se posicionen sin perderse. Esa es la práctica más difícil y más urgente de nuestro tiempo.

Namasté
Sri Prem Baba